Especial: Recordando La Posada Alemana, parte I

31 Oct Especial: Recordando La Posada Alemana, parte I

El hotel construido por el narcotraficante preso en Estados Unidos, Carlos Lehder Rivas, es un sitio emblemático del Quindío.

En un predio ubicado en la carretera que de Armenia conduce a Pereira cerca a Salento, el narcotraficante Carlos Lehder Rivas construyó lo que para la década de los 80 era el hotel campestre con mayor atractivo de la región, La Posada Alemana. 

El establecimiento es recordado en partes iguales por la historia del narcotráfico, porque impulsó el turismo en el Quindío y por su diseño europeo. Se empezó a construir en 1978 y abrió sus puertas en 1982. Lo conformaban varias estructuras individuales repartidas por todo el predio: cabañas, un restaurante, habitaciones sencillas, un centro de convenciones y una discoteca con mirador.

No se escatimó en gastos durante su construcción. Cabañas tipo suizas, una cava de vinos exclusiva, una enorme jaula con varios  cóndores y otra con una pareja de leones hacían parte de la exótica propiedad. Logró tener una alta afluencia de visitantes mientras estuvo en funcionamiento. Los huéspedes comenzaron a visitar el valle de Cocora por su cercanía al lugar, lo que fue un estímulo temprano para la economía turística de Salento.

La orden de captura en contra de Carlos Lehder marcó el fin del lugar, el narcotraficante desapareció y buscó eludir a las autoridades. Esto supuso el final del financiamiento para algunas de su propiedades y proyectos. El 4 de febrero de 1987 fue capturado en Antioquia y extraditado casi de inmediato a Estados Unidos, donde lleva más de treinta años privado de la libertad.

Durante las décadas posteriores, La Posada Alemana cayó en el abandono. Las estructuras han venido colapsando por los efectos del tiempo y el clima, además de los repetidos saqueos que se han presentado. La propiedad está, en su mayor parte, en ruinas. 

Actualmente del mantenimiento de La Posada se encarga Jaime González, quien reside en el predio con sus dos hijas y varios nietos. Desde que llegó se ha ocupado de mantener la propiedad, de la vigilancia y de cercar para evitar que otras personas entren.

González está en ese puesto desde el año 2006, “esto aquí tenía un secuestre llamado Julián Rojas, quien se encargaba de contratar los cuidanderos. Fue él quien me contrató. Luego me dijo que se iba a desentender de todo el asunto pero que yo podía quedarme, siempre y cuando cuidara de la propiedad”.

Además contó que cuando llegó por primera vez la vegetación había repoblado totalmente la propiedad, “esto era puro monte, totalmente invadido. Esa fue mi primera labor y la que he seguido haciendo por doce años”.

Sobre el futuro del predio, Jaime aseveró no tener una idea clara. Ninguna entidad estatal ha ido a avisarle qué va a pasar con los terrenos. 

“Aquí solo viene gente a tomarse fotos, a veces llegan a jugar Paintball. También se meten con palas a cavar buscando caletas. Más de una vez me ha tocado sacar personas que creen que van a encontrar plata enterrada”. El piso de varias de las estructuras que componen La Posada está lleno de enormes huecos hechos por buscadores de tesoros.

Jaime aseguró que la Corporación Autónoma Regional del Quindío, CRQ, es una entidad que sí ha efectuado periódicamente visitas al predio para vigilar el estado de los bosques que hay dentro de la propiedad.

 

El hotel en 1982

En la autopista del Café, cerca al cruce que lleva a Salento, está ubicado el complejo turístico que vio sus mejores años en la década de 1980.

La Posada era en su inicio un hotel lujoso con todas las comodidades. Despertó un interés en el mercado turístico por su diseño y ubicación en medio del paisaje del Quindío.

Tenía 24 cabañas multifamiliares numeradas hasta el 12 A y B, cada una era parte de una misma estructura dividida a la mitad. Cada cabaña era de dos niveles y tenía tres habitaciones, sala de televisión con chimenea y estaba totalmente alfombrada. La pieza contaba con espacio para una familia de hasta 6 personas

El restaurante Bávaro, como fue nombrado, quedaba a la izquierda de las cabañas. La taberna Quimbaya era el bar, ubicada al lado del restaurante.

La vinería era un lugar exclusivo para vino y queso ubicado sobre la discoteca. También allí estaba la cafetería, donde se desayunaba o se consumían comidas rápidas. Aunque en el restaurante se podía desayunar, algunas personas escogían la terraza de la cafetería  porque las ventanales eran muy grandes y permitían apreciar las montañas de Salento. 

Del restaurante hacia atrás estaban las habitaciones sencillas, ubicadas en estructuras alargadas conocidas por los trabajadores del lugar como ‘chorizos’. Habían doce habitaciones por chorizo.

Estaba instalado un puente que cruzaba la carretera, al otro lado se proyectaba construir más habitaciones sencillas. 

Estuvieron en uso 36 cuartos y otros 36 nunca se pudieron terminar. En la entrada había una zona que iba a ser usada como gimnasio pero tampoco fue culminado.

El centro de convenciones, una estructura de gran tamaño que puede ser vista a la derecha de la entrada al hotel,  nunca fue aprovechado para el fin por el que se construyó. Allí funcionó la parte administrativa durante una época, aunque normalmente en las cabañas 6A y 6B funcionaba la gerencia.

La discoteca se llamaba John Lennon. Carlos Lehder era un gran fanático de los Beatles. Allí se presentaban artistas de talla nacional constantemente. El lugar fue diseñado para tener una buena acústica y el juego de luces de la pista de baile ubicada en el centro del recinto creaba una ilusión de movimiento. 

El hotel contaba con excentricidades orientadas al disfrute de los turistas como una jaula con leones y otra con cóndores. También había una estatua de John Lennon, obra del famoso escultor colombiano, Rodrigo Arenas Betancourt, quien es conocido en el Quindío por ser el autor del Monumento al Esfuerzo, ubicado en la plaza Bolívar de Armenia.

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